Sin groove no soy nada

Uno de esos exquisitos momentos lazy que tiene el blues. Foto de Donca, julio 2025.

Cuando se suma un músico con el que no he tocado nunca a mi formación, al pasarle el repertorio, siempre le advierto: “no hago ritmos rápidos. Mi música no se toca corriendo”.  

Profesionales como son todos los músicos con los que habitualmente toco, esta afirmación despierta quizá alguna sonrisa, pero no suele provocar preguntas. “Simplemente es una preferencia”, pensarán. “Lo importante es mantener un ritmo sólido y estable”.

Efectivamente es una preferencia, pero tiene su razón de ser.

No soy una estudiosa del ritmo, o al menos no desde un punto de vista académico. A mí, el ritmo, como cualquier otro elemento de la música, me interesa porque me ayuda a contar la historia, a comunicar mi mensaje. Además, cuando escribo una canción también la bailo, porque así entiendo y anticipo qué clase de sensación corporal va a generar el tema en el público.

Y lo que me ocurre con los ritmos rápidos es que me es mucho más difícil expresarme: a mí me importan las letras, la enunciación, ser inteligible, pronunciar bien, interpretar. Todo eso se complica mucho si vamos muy rápido. También me pasa al bailar: hay un momento en que, si pasa de 150 bpms, prevalece la velocidad por encima de la expresividad y entonces lo primero que se sacrifica es el groove. Y yo sin groove no soy nada.

Pongamos un ejemplo fácil, mi Delicious. Una canción que sé a ciencia cierta forma parte de muchas playlists de baile, cosa que agradezco de corazón. Es una canción jugosa y tropical sobre la seducción, ¿es posible seducir a alguien a la velocidad de la luz? Me temo que no.

Por algo muchas de mis canciones son de amor, o baladas o medios tiempos. En mi caso, cuando escribo una canción, parto de una idea o de una letra, y todo lo demás viene después, incluido el ritmo y, en consecuencia, la velocidad, claro.

En esta interpretación en directo de Reckless Blues,  el juego seductor entre Esther y yo perdería tensión si Paul no sostuviera el tempo con tanta precisión y hasta pereza. Eso que llaman lazy blues, que por cierto es dificilísimo de lograr.

Hay otra razón, y esta sí es exclusivamente personal. Vivimos en el imperio del deadline, en la dictadura de la instantaneidad. Todo es para ayer, todos llegamos tarde a todos lados por más que corramos. En mi música pretendo no aturullarme, así que, como posicionamiento personal, rechazo la idea de hacer eso que más amo, cantar, a toda velocidad. Ya corro mucho en muchos otros aspectos de mi vida y por algo los médicos consideran taquicardia que el corazón vaya a más de 100 pulsaciones por minuto.

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