Arte antes que dinero

El cine y la literatura han retratado en infinidad de ocasiones el estereotipo del artista más común, aquel cuyo talento es capaz de crear la más exquisita belleza y a la vez destruir todo lo que le rodea en su vida personal. No faltan ejemplos, ficticios y reales, en los que fijarnos: hoy mismo he revisado la excelente “Sweet & Lowdown” (“Acordes y desacuerdos”) que nos presenta a un guitarrista genial cuya carrera se desarrolla en los años 30. Un hombre capaz de hacer llorar de emoción al público con su música, pero que fuera del escenario se portaba de forma violenta y cruel. Un genio celoso de su arte, obsesivo hasta la paranoia, soberbio y ególatra, que consideraba que solo había otro músico que le hiciera sombra.

Y según veía la película pensaba en cómo las redes sociales y los medios de comunicación retratan a los artistas en este siglo XXI. Junto al talento en el escenario o en el estudio, el artista debe demostrar (o escenificar, si queremos verlo así), una conciencia impoluta. Debe, además, opinar sobre los temas que más preocupan a su audiencia en su tiempo, que puede ser ese mes o esa semana, ya que esto también cambia mucho. Además de artistas, el siglo XXI exige superhéroes, líderes de conciencia y pacifistas declarados. Que luego no sabemos cómo se portan en la intimidad de su hogar con sus seres queridos o si tratan con respeto y corrección al equipo con el que trabajan (ver el caso Julio Iglesias para referencia reciente). Pero eso da igual mientras la bandera que airean en el escenario lleve los colores correctos.

Se nos escapa que los artistas masivos solo buscan alinearse con la opinión pública para no ser castigados en las ventas. La prudente neutralidad o el silencio se penalizan, y, claro, si estás en esto por dinero, como ocurre en la mayor parte de los casos, no es cuestión de que te cancelen.

Sería bueno que entendamos que el compromiso político o ideológico de un artista no puede darse dentro de una industria gigantesca que además concentra todos los males del capitalismo. Es infantil pretender que a esa artista que tanto nos gusta le importen o le preocupen las mismas cosas que a mí o a mis amigos, sencillamente porque su mundo es otro, donde no existen las hipotecas ni las deudas y los agravios se resuelven en despachos de abogados o gabinetes de crisis sin necesidad de que al artista le salpique nada, porque en la era de las apariencias, el secreto y la discreción valen más que el oro.

Para no tener que separar autor de obra, deberíamos interesarnos por artistas que se comprometen mediante acciones y canciones, no tanto mediante posts de Instagram. Artistas a los que no les siga una cámara que en todo momento certifica que son personas de bien. Artistas que corran riesgos por convicción más que por contratación. Artistas que, en definitiva, quieran hacer arte antes que dinero.

P.S. Ayer Israel asesinó a 32 personas, entre ellas 7 niños, en Gaza. Se ve que Netanyahu no se había enterado del concierto por Palestina celebrado el viernes por la noche en Barcelona, al que acudieron unas 16.000 personas. En el escenario actuaron personas de bien y otras que igual no lo son tanto pero tienen un disco reciente que vender.

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