La verdadera (y única) música independiente
Foto de Lolo Vasco tomada en el Jazzaldia 2025.
Soy de las que piensan que cualquier propuesta musical debe basarse en una objetiva calidad. Es decir, que el proyecto suene bien, que las canciones funcionen y, en general, que todo sea mínimamente coherente. Y luego, el estilo musical en el que se enmarque dicho proyecto da un poco lo mismo. En lugar de distinguir los proyectos por etiquetas (banda de rock, formación de jazz, grupo de soul), en este siglo XXI que yo no comprendo, parece razonable clasificar los proyectos musicales por el ALCANCE de la propuesta. Así, se podría establecer una primera clasificación: música masiva (industria musical) y toda la que no lo es, es decir, la independiente. Ojo, que independiente no es indie, etiqueta que en España se aplica bastante a la ligera a formaciones que nacen ya bajo el auspicio de una discográfica, aunque esta sea independiente o underground; o bien a las que quizá se crearon con esa intención, pero ficharon por una major y alcanzaron audiencias masivas. No se pueden comparar los recursos, los medios (financieros y humanos) y la repercusión de una música u otra. De hecho, a mi juicio, la única música en este país que puede ser catalogada como independiente es la autoproducida: la que una se guisa y se come, la música que una misma se paga y que por supuesto casi siempre supone palmar pasta.
La industria exige mucho. Exige productividad, rentabilidad, ubicuidad y el artista debe sacrificar su arte para ponerlo al servicio de esas tres diosas inclementes. También exige una entrega que no solo o no siempre está vinculada a lo artístico, sino que está sujeta a cifras y objetivos de negocio: es el famoso precio de la fama. ¿Qué ofrece la industria a cambio? Ese alcance del que hablábamos en el párrafo anterior: que TODO EL MUNDO sepa quién eres y por tanto que TODO EL MUNDO tenga acceso no ya a tu música, sino a tu persona, a tus miserias, a tu vida.
Digo todo esto porque en este arranque de año estoy hablando con muchos compañeros y compañeras cuyas carreras se desarrollan al margen de la industria y oigo mucho esta clase de afirmaciones: “Este año solo voy a coger los bolos que me salgan” “este año no saldré de gira, prefiero tocar cerca de casa”, “2026 me lo quiero tomar con calma, tocar menos y componer más”. Quizá ahí habla el desánimo, el hastío, la resaca odiosa de la pandemia o el convencimiento de que no vale la pena descuernarse, porque hagas lo que hagas, tu música, tu proyecto, van a ser invisibles o inaudibles para el 99% de los aficionados, esto es casi la totalidad de la población.
Da qué pensar. Igual que en otros sectores se ha desarrollado una cierta conciencia de lo que la globalización o el mainstream significan (léase el turismo, el comercio o los servicios), con la música esto es imposible. La misma persona que prefiere (y hace bien) comprar en su mercado de confianza o vigilar su huella de carbono considera absolutamente normal escuchar exclusivamente a artistas masivos como Taylor Swift. Y está en su derecho, obvio, pero la incoherencia me resulta dolorosa.
Quizá los artistas nicho solamente estemos dándonos un poco de aire, un respiro, un pequeño rockstep para tomar carrerilla.
Ojalá.