No a la guerra - ni a la obligación de opinar

Foto tomada por Gaizka Azkarate - Teatro Coliseo de Eibar

Foto de Gaizka Azkarate tomada en el teatro Coliseo de Eibar el 25 de enero de 2026.

En estos tiempos incomprensibles que vivimos está muy en boga el (a mi juicio, falso) debate entre los que consideran que obra y autor son inseparables y quienes opinan lo contrario.

Como precisamente lo que se pretende al lanzar esa cuestión al aire es promover posturas encontradas, se trata de una discusión estéril: difícilmente el creador de una obra artística deja de ser también una persona. Un ser humano que se desenvuelve en sociedad, que se relaciona con otros seres humanos, que interviene en su entorno más cercano. Y, claro, difícilmente una persona deja de ser imperfecta.

La cuestión debatible es el alcance de esa imperfección: si sus acciones en el ámbito privado e incluso íntimo perjudican o benefician a quienes le rodean; si su obra – valorable subjetiva u objetivamente - podría compensar ciertos comportamientos nocivos. O incluso si la opinión pública es capaz o no de comprender esa obra en su contexto, porque, en gran medida, de ello dependerá la idea que esa audiencia se forje respecto de ese creador en particular.

Pienso que la complejidad de una mente en conflicto puede producir obras artísticas geniales. Pienso también que ese conflicto interno se traslada en demasiadas ocasiones a las relaciones humanas: sobran los ejemplos de artistas violentos, agresivos, conflictivos. Pienso también que, con la excusa de ese temperamento artístico, muchos creadores – y hablo, sobre todo, de hombres – se han ido de rositas sin hacerse cargo de absolutamente ninguna de las desgracias y daños que han causado. Y pienso que nada de esto puede reducirse a una única pregunta sobre el tema, muchísimo menos a una única respuesta.

Si lo personal es político, ¿cómo no vamos a formarnos una opinión negativa de un artista al enterarnos de que en su vida privada comete atrocidades? ¿cómo no vamos a censurar comportamientos, acciones, discursos racistas o degradantes por más que provengan de alguien cuyo trabajo nos conmueve? Sin embargo, de ahí a exigir que un artista se pronuncie sobre un asunto grave de interés público con la contundencia que la opinión mayoritaria pretende, me parece que va un mundo. Y me parece también que quien quiera guardar silencio por la razón que fuera, está en su perfecto derecho de hacerlo, como el que quiere dar su opinión. A ver si entre unas cosas y otras nos vamos a cargar también la libertad de NO expresión.  

Recordemos que pronunciarse públicamente tampoco compromete a nada. Quien proclama hoy en su Instagram “no a la guerra” mientras se calza la chapita pertinente, puede dedicarse a joderles la vida a los suyos, a portarse de forma poco profesional o incoherente en su trabajo, o a chanchullear para eludir sus responsabilidades para con la sociedad. Recordemos, siempre, que las acciones dicen más que las palabras y que nuestras obras hablan por nosotros. O así debería ser.

Yo quisiera que quien escucha mi música detecte mis sentimientos, mis pensamientos en ella. Quisiera que mis canciones reflejen quién soy, porque la razón de ser de mi obra es precisamente mi vivencia, mi experiencia como ser humano y, por supuesto, como mujer.  No soy yo precisamente sospechosa de no mojarme en temas controvertidos, una actitud por la que pago un precio del que soy muy consciente. Sin embargo, me parecería injusto y me resistiría con todas mis fuerzas si se me obligara a hacerlo.

 

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